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Imagínese una vez, una criatura infante dentro de un cubo geométrico.
Este cubo a su vez, está ubicado en el interior de un cubo mayor que es continente de múltiples estructuras de cubo.
Este compendio de cubículos está desprovisto de color. La iluminación proviene de luces blancas, que son paradójicamente
el único elemento responsable de enriquecer la gama debido a la
creación de diversos claroscuros que dibujan ángulos mostrando
transiciones entre el blanco y el negro.
No ocurre igual dentro de los cubos. El silencio hace acopio de toda la atmósfera, el cubo es frío, desangelado, desprovisto de maldad alguna, de alegría, sus muros no han sido testigos ni de sonrisas ni de llantos.
No
han sido espectadores de cosa alguna que no sea una criatura posada
sobre el centro de un suelo blanco, parte de un cubículo blanco formado
por seis caras.
Sin
relojes ni momentos, podemos decir que el tiempo tiene como única
medida una forma. Un cuerpo como bitácora del proceso temporal.
En
el tiempo que se tardaría en crear y destruir una máxima al completo,
germinan ciento setenta y dos centímetros estáticos sobre el centro del
suelo blanco de un cubo geométrico.
Surgen
inmóviles, salvo por la pequeña porción de movimiento que supone el
ampliar una forma a un ritmo tan leve y minúsculo, que una mente humana
-sin hacer acopio de artificios- no es capaz de apreciarlo.
La tez, desgarbada y pálida, luce unos ojos blancos como el muro que los contiene.
La evolución adapta a las criaturas, y de este modo la ceguera sólo es un proceso de avance.
Consume
así un sentido en un ejercicio de soltar lastre y hacer que el globo de
la vida ascienda a un nuevo nivel, aun en ausencia de los oculares,
supuestos útiles.
Este
suceso, el de la metamorfosis, es motivo suficiente para querer
irrumpir en el hasta ahora inquebrantable silencio. Es pues en este
punto, que la ausencia de luz perceptible supone la llegada del sonido.
Audición en las sombras.
Sacude
indudablemente estentórea la percepción sonora de un leve movimiento
dentro de un estado en que el baremo marca un contundente cero. No es
ruido, es nacimiento. A priori, un diapasón nunca hubiese bailado en
este cuarto.
Sin
conocimientos previos e información exterior nula, descartada la parte
empírica, la herencia intuitiva mueve sus engranajes en asuntos que usan
de combustible la ilusión.
Se
alza el cuerpo suave pero intermitente, con un ritmo semejante al que
usa una planta para abrir sus pétalos crujiendo al sol dulcemente, y de
esta manera se aproxima al frente del cubo. De igual modo sus manos
añejas se desentumecen
y el brazo izquierdo traza un cuarto de circunferencia quedando a
noventa grados del eje, paralelo al suelo abriendo la palma
perpendicular a la pared.
Milímetro a milímetro recorre la distancia faltante, así hasta llegar despacio al contacto de los dedos con la pared, asentándolos delicadamente como lo haría una madre por primera vez en el rostro de su criatura. De este modo llega el descubrimiento del tacto.
La
textura del cubículo es semejante a la que tiene la porcelana fina,
lisa, delicada y deslizante. La mente anota este sentimiento de
suavidad, los brazos se flexionan para recoger el rostro arrugado sobre
las manos. Llevado por una corriente interior determina que alguna vez
su rostro poseyó una calidad semejante a la que ha tocado por vez
primera, contrastando así la realidad de una piel demacrada, arrugada y
llena de vello canoso y duro.
Sus
flácidas mejillas estiran y se deforman entre los dedos, los labios se
alargan a la par que los párpados se abren, las cejas se levantan
levemente pareciendo que observa con sus ojos ciegos, su cabello está
erizado.
La
conclusión, al contrario que nos pudiese parecer no es melancólica; hay
un éxito en la experimentación y eso conlleva una alegría. Esta alegría
se crea por dos puntos concretos: evolución y originalidad.
El rostro ha evolucionado,
ya no es semejante en textura a la seis caras del cubo, y además tiene
el añadido de ser exclusivo, original, no hay nada igual conocido.
Y por eso hay un descanso.
¿Podemos
imaginar un paraíso del hedonismo? Allí tampoco transcurriría el tiempo
de manera lógica, sí de manera lenta y suave, o enérgica y jocosa, pero
intangible indudablemente.
Si trazamos el tiempo serenamente podríamos pensar en mil páginas pasadas de este escrito.
Varios
paraísos más tarde se abre nuestra niebla suavemente, se desvanece la
cortina cronológica y sigue en pie nuestro individuo. Con piernas
inmóviles y permanente sobre una de las seis caras del cubo, aplicando
caricias y prensando su envejecida piel. Como sus pupilas ya están
quemadas no consiente parpadear. Ensimismado y complacido se mantiene
sumergido en el tacto, el ruido, y la plena ceguera.
Ya transcurrido un lustro sensitivo, decide cesar de su regocijo.
Vuelve
a llevar las manos a la pared de manera pausada, queriendo recordar dos
de sus anteriores estados; uno, el de asemejarse al cubo como pasado
tardío; y dos, el de haber tocado la pared como pasado inmediato. Posa
sus manos sobre la suave textura en un acto de amor, una caricia al otro
objeto conocido. Las arrastra por su espacio y se desplaza por el muro,
continúa su camino por la superficie, acelera su marcha dirigiéndose a
la primera esquina, gira al cruzarla y prosigue a velocidad mayor. En la
marcha sus palmas se han despegado y las yemas de sus dedos son el
único punto de apoyo, observa y danza con el tacto sobre la superficie,
gira una segunda pared, sigue deslizándose, se estira en su
desplazamiento, sigue acariciando y corriendo, ¡acaricia y corre!
Llegado
a la mitad de la pared -que en génesis era la posterior a su visión-
tropiezan sus dedos con un pequeño vano. Vuelve a mover los puntos de
contacto y sigue el ritmo ascendente sintiendo otro pequeño vano, la
fuerza centrífuga le hace prolongarse medio metro más y frena su marcha,
reflexiona, cavila con ojos blancos y abiertos. Al trascurso de unos
segundos, retrocede acelerando la marcha para volver a sentir las
rendijas de la pared sobre sus yemas, uno, dos vanos.
Retoma la marcha de la primera dirección y pasa de nuevo por los bajos relieves rectos, uno, dos.
Repite la acción, uno, dos.
El
cuerpo se agita y cimbrea alborotado retrocediendo y avanzando,
retrocede y avanza. Sobre un mismo punto como una espiga anclada al
suelo y movida por el viento, es flexible pero arraigado, es como el
agua de un cubo que se zarandea, como una llama viva en un soplo fuerte
que llega por diversos frentes que se cruzan, se desplaza por su
hoguera, por su leña, por su combustible, por su descubrimiento como en una coreografía primitiva.
Y este es un acto artístico.
Esta subida de tensión, la primera labor intensa, el primer ritmo de la danza, la primera ejercitación
de las artes; eleva su temperatura haciendo que también por vez primera
los tonos de su piel sean cálidos y no azulados, trayendo consigo un
nuevo recurso estético, el de la gama de colores. Llegan a su mente
variaciones de lo conocido, de frío a cálido, pues hasta ahora solo
conocía blanco puro -que es color considerado por muchos el de la
ausencia de ellos- y a posteriori conoció por ceguera el negro. Ahora ha obtenido un conocimiento plural.
Con
la ruptura de la estabilidad climatológica del cubo, y sobre todo la de
su cuerpo, meramente llevado por un sentido que no podríamos nombrar de
modo alguno sin ser incorrectos en algún punto, posee un nuevo
registro. Un conocimiento del monocromo que en su caso y debido a sus
circunstancias claramente diferenciadas de las que nosotros poseemos, podríamos llamar paleta de colores, o gama.
Es
por esto que en circunstancias de ceguera, llega el ruido, que lleva al
tacto y al recuerdo, y por consecuencia se produce el arte del baile,
así descubre un nuevo repertorio, el de los colores. Una criatura
anciana dentro de un cubo geométrico.
Pero de cuando abrió la puerta, se contará en otro momento.
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