1 abr 2012

Génesis y Meta de una Criatura

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Imagínese una vez, una criatura infante dentro de un cubo geométrico.

Este cubo a su vez, está ubicado en el interior de un cubo mayor que es continente de múltiples estructuras de cubo.

Este compendio de cubículos está desprovisto de color. La iluminación proviene de luces blancas, que son paradójicamente el único elemento responsable de enriquecer la gama debido a la creación de diversos claroscuros que dibujan ángulos mostrando transiciones entre el blanco y el negro.

No ocurre igual dentro de los cubos. El silencio hace acopio de toda la atmósfera, el cubo es frío, desangelado, desprovisto de maldad alguna, de alegría, sus muros no han sido testigos ni de sonrisas ni de llantos.
No han sido espectadores de cosa alguna que no sea una criatura posada sobre el centro de un suelo blanco, parte de un cubículo blanco formado por seis caras.

Sin relojes ni momentos, podemos decir que el tiempo tiene como única medida una forma. Un cuerpo como bitácora del proceso temporal.

En el tiempo que se tardaría en crear y destruir una máxima al completo, germinan ciento setenta y dos centímetros estáticos sobre el centro del suelo blanco de un cubo geométrico.
Surgen inmóviles, salvo por la pequeña porción de movimiento que supone el ampliar una forma a un ritmo tan leve y minúsculo, que una mente humana -sin hacer acopio de artificios- no es capaz de apreciarlo.

La tez, desgarbada y pálida, luce unos ojos blancos como el muro que los contiene.
La evolución adapta a las criaturas, y de este modo la ceguera sólo es un proceso de avance.
Consume así un sentido en un ejercicio de soltar lastre y hacer que el globo de la vida ascienda a un nuevo nivel, aun en ausencia de los oculares, supuestos útiles.

Este suceso, el de la metamorfosis, es motivo suficiente para querer irrumpir en el hasta ahora inquebrantable silencio. Es pues en este punto, que la ausencia de luz perceptible supone la llegada del sonido.

Audición en las sombras.

Sacude indudablemente estentórea la percepción sonora de un leve movimiento dentro de un estado en que el baremo marca un contundente cero. No es ruido, es nacimiento. A priori, un diapasón nunca hubiese bailado en este cuarto.

Sin conocimientos previos e información exterior nula, descartada la parte empírica, la herencia intuitiva mueve sus engranajes en asuntos que usan de combustible la ilusión.

Se alza el cuerpo suave pero intermitente, con un ritmo semejante al que usa una planta para abrir sus pétalos crujiendo al sol dulcemente, y de esta manera se aproxima al frente del cubo. De igual modo sus manos añejas se desentumecen y el brazo izquierdo traza un cuarto de circunferencia quedando a noventa grados del eje, paralelo al suelo abriendo la palma perpendicular a la pared.

Milímetro a milímetro recorre la distancia faltante, así hasta llegar despacio al contacto de los dedos con la pared, asentándolos delicadamente como lo haría una madre por primera vez en el rostro de su criatura. De este modo llega el descubrimiento del tacto.

La textura del cubículo es semejante a la que tiene la porcelana fina, lisa, delicada y deslizante. La mente anota este sentimiento de suavidad, los brazos se flexionan para recoger el rostro arrugado sobre las manos. Llevado por una corriente interior determina que alguna vez su rostro poseyó una calidad semejante a la que ha tocado por vez primera, contrastando así la realidad de una piel demacrada, arrugada y llena de vello canoso y duro.

Sus flácidas mejillas estiran y se deforman entre los dedos, los labios se alargan a la par que los párpados se abren, las cejas se levantan levemente pareciendo que observa con sus ojos ciegos, su cabello está erizado.

La conclusión, al contrario que nos pudiese parecer no es melancólica; hay un éxito en la experimentación y eso conlleva una alegría. Esta alegría se crea por dos puntos concretos: evolución y originalidad.
El rostro ha evolucionado, ya no es semejante en textura a la seis caras del cubo, y además tiene el añadido de ser exclusivo, original, no hay nada igual conocido.

Y por eso hay un descanso.

¿Podemos imaginar un paraíso del hedonismo? Allí tampoco transcurriría el tiempo de manera lógica, sí de manera lenta y suave, o enérgica y jocosa, pero intangible indudablemente.

Si trazamos el tiempo serenamente podríamos pensar en mil páginas pasadas de este escrito.

Varios paraísos más tarde se abre nuestra niebla suavemente, se desvanece la cortina cronológica y sigue en pie nuestro individuo. Con piernas inmóviles y permanente sobre una de las seis caras del cubo, aplicando caricias y prensando su envejecida piel. Como sus pupilas ya están quemadas no consiente parpadear. Ensimismado y complacido se mantiene sumergido en el tacto, el ruido, y la plena ceguera.


Ya transcurrido un lustro sensitivo, decide cesar de su regocijo.



Vuelve a llevar las manos a la pared de manera pausada, queriendo recordar dos de sus anteriores estados; uno, el de asemejarse al cubo como pasado tardío; y dos, el de haber tocado la pared como pasado inmediato. Posa sus manos sobre la suave textura en un acto de amor, una caricia al otro objeto conocido. Las arrastra por su espacio y se desplaza por el muro, continúa su camino por la superficie, acelera su marcha dirigiéndose a la primera esquina, gira al cruzarla y prosigue a velocidad mayor. En la marcha sus palmas se han despegado y las yemas de sus dedos son el único punto de apoyo, observa y danza con el tacto sobre la superficie, gira una segunda pared, sigue deslizándose, se estira en su desplazamiento, sigue acariciando y corriendo, ¡acaricia y corre!

Llegado a la mitad de la pared -que en génesis era la posterior a su visión- tropiezan sus dedos con un pequeño vano. Vuelve a mover los puntos de contacto y sigue el ritmo ascendente sintiendo otro pequeño vano, la fuerza centrífuga le hace prolongarse medio metro más y frena su marcha, reflexiona, cavila con ojos blancos y abiertos. Al trascurso de unos segundos, retrocede acelerando la marcha para volver a sentir las rendijas de la pared sobre sus yemas, uno, dos vanos.
Retoma la marcha de la primera dirección y pasa de nuevo por los bajos relieves rectos, uno, dos.

Repite la acción, uno, dos.

El cuerpo se agita y cimbrea alborotado retrocediendo y avanzando, retrocede y avanza. Sobre un mismo punto como una espiga anclada al suelo y movida por el viento, es flexible pero arraigado, es como el agua de un cubo que se zarandea, como una llama viva en un soplo fuerte que llega por diversos frentes que se cruzan, se desplaza por su hoguera, por su leña, por su combustible, por su descubrimiento como en una coreografía primitiva.

Y este es un acto artístico.

Esta subida de tensión, la primera labor intensa, el primer ritmo de la danza, la primera ejercitación de las artes; eleva su temperatura haciendo que también por vez primera los tonos de su piel sean cálidos y no azulados, trayendo consigo un nuevo recurso estético, el de la gama de colores. Llegan a su mente variaciones de lo conocido, de frío a cálido, pues hasta ahora solo conocía blanco puro -que es color considerado por muchos el de la ausencia de ellos- y a posteriori conoció por ceguera el negro. Ahora ha obtenido un conocimiento plural.

Con la ruptura de la estabilidad climatológica del cubo, y sobre todo la de su cuerpo, meramente llevado por un sentido que no podríamos nombrar de modo alguno sin ser incorrectos en algún punto, posee un nuevo registro. Un conocimiento del monocromo que en su caso y debido a sus circunstancias claramente diferenciadas de las que nosotros poseemos, podríamos llamar paleta de colores, o gama.

Es por esto que en circunstancias de ceguera, llega el ruido, que lleva al tacto y al recuerdo, y por consecuencia se produce el arte del baile, así descubre un nuevo repertorio, el de los colores. Una criatura anciana dentro de un cubo geométrico.


Pero de cuando abrió la puerta, se contará en otro momento.




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