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En ocasiones a mi despertar abrupto,
intento desesperadamente conciliar de nuevo el sueño
y volver a la paz de ese otro lugar inverso a este plano.
Retornar al mundo contenido en los espejos
en que todos nos miramos;
esos que están detrás de los párpados,
yo ahí lo que quisiera hacer
es un intento inútil de quedarme siempre.
La tarea se ve truncada
por un encuentro atronador para mis tímpanos
que se aploman ante ladridos broncos e infinitos.
Profunda y estentórea
esa afonía ladrada proviene de un perro
apegado a mi verja;
hambriento y sin el cariño del amo
no es el mejor amigo de nadie,
hace llorar a niños y viejos.
Mientras el animal tampoco encuentra
consuelo alguno en sus actos,
en el exterior de estas paredes óseas
las tejas dan concierto matemático,
suenan múltiples las gotas que las tocan,
el desplome del techo modela un piso
de aguados pensamientos.
el desplome del techo modela un piso
de aguados pensamientos.
Esa cubierta
en otros momentos destinada a protegerme,
abre al son de esas lacrimosas notas sus caras,
cambiando su fin guardián
por el de artefacto que orquesta la angustia,
deja paso en cascada gigante que rompe sobre
el suelo de este cuarto lapidario y neuronal,
el suelo de este cuarto lapidario y neuronal,
moja y erosiona unas bases marmóreas labradas,
nacen de su tallo figuras anatómicas
nacen de su tallo figuras anatómicas
que muestran posturas anacrónicas de mis actos,
respiro, porque todos tenemos adornos.
Ante las metáforas climáticas que rayan todo
y los eventos del can que acontece;
procuro echar la sábana de mi nido
que es cortina sobre la ventana de mis ojos;
prevengo torpemente por cerrar las entradas
a los oídos provisto de una almohada,
siendo inútil compañera para estos servicios.
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Aunque yo he despertado aún de noche
y la luz no llega nunca,
esa casa no es más porción
que la de mi cabeza;
y cuando en ella duermo, es siempre.
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