7 mar 2010

Cuento para descendientes.


*




*


Antes de relatar aquí esto que escribo,

lo escribí en un papel.



Me sumergí en un profundo sueño.



Salí.



Me cepillé los dientes e hice pis, debido a que

siempre que voy a dormir procuro hacerlo en

buena presencia y preparado, aunque esta vez

no me duché.


Abrí el grifo y salieron números

primos con sus gráficos ceritos

y sus columnas danzando, y

yo veía en ellos martillitos valientes

de un vídeo con un muro.


Otros grupos en otro lugar,

como el grupo de pájaros,

también tocaban psicodelia.



*



Su nombre era Celia,

piaba la mar de bien,

era licenciada en ello,

su plumaje musical

marcaba el compás de

estos bonitos versos:


Si quieres tu cantarme

extraño animal carnívoro

¿qué puedes cantar?

con ese hocico y esos colmillos.



Creí poder decirle que necesitaba

que la luna se llenase y apareciera,

pero vi en esos ojos que volaban

suficientes motivos para aullar

y hundirme en su cortejo.


Dime animal fiero y presuntuoso,

¿no ves que aquí en mi rama

yo te observo y me protejo?

Sé que gustas de mis plumas

y también de mi sonido,

crees ver lunas en tu hambre,

y llorarías la digestión.




Qué razón la muy frágil,

¡qué concreta en su intención!

y experta en el llevar...

no hace mas que de imán

de mi ansia de horizontes.

Y aquí, despeluchado y

costilloso, cafeinómano y

cenicero, observo el árbol

en que anida que está hecho

de lycra fina, de algodón

y de renacimiento, yo,

afilo el tenedor en secreto.


Me siento bipolar en mi total.

Y digo:



No pretendo nada

dulce consecuencia,

soy lobo al hambre

y me han engañado,

vivo en un mundo 

de palomas mensajeras

que sueltan excrementos,

necesitan agruparse,

yo, ave solitaria.

Durmiendo por la noche
 
si necesito algo del mercado,
 
viendo al Dios Sol

al que yo nunca canto,

afilo los colmillos si la carne viene dada. 




La sorpresa la bañó,

se hizo esclava de su rubor

y enardeció como sufragio,

los nervios la cogieron,

subió a lo alto de un pensamiento, allí,

impedían la ascensión jaulas que la atrapan,

manos humanas que la acechan,

vergüenzas que pesan veinte kilos

y yo roo, y roo y roo.


Y en ese momento, verde.

Y si un término se usa

para describir tal mirada,

era indolencia en su silencio.

Traía la luz como un profeta.


*


**


*


Celia Metanowsky subió cortinas,

puso cara de niña buena y aplicó.

Me pareció cabaretera con cigarro que busca

la distancia corta, me fumé la longitud y así

mi cuello calentaba su regazo, dulces

silencios hacían gritar a los aromas,

bailamos cha cha chá, me derrumbé Ipso facto.




*


**





*



**



*


Desperté en una cafetera,

suave susurro con aroma familiar.

Estaba repleto de algodones

y era gigante el lugar, pero no frío,

tenía hasta su propia bola discotequera,

algo bonito para que uno amanezca.

Pero era de noche.



En la noche la señora huele bien,

la señora tiene derroche,

de enigma y de opulencia,

de virtudes entre tacones,

y sube en el coche dispuesta a que la

lleven, va rumbo al placer y

no hay puertos ni equipaje,

se caen las telas y el repostaje está hecho,

el camino es largo y se disfruta,

tiene crema cada bache, violar las

leyes de la velocidad con kilómetros

en el intento, así pues, nació el final.



Y entre gasolineras y moteles,

entre descorches y llúvias

algo me quedó muy claro,

con Celia Metanowsky mantuve

acaramelada noche de incesto,

incesto con la fruta que devoro,

con la hija de mi sueño.









*




*