7 mar 2010

Cuento para nietos.



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Antes de escribir en el libro bueno,


escribí en una hoja suelta esto que


voy a relatar sin añadidos.



Anduve por pompas de cristal


medio mundo, y encontré a una


anciana de facciones marcadas


y láminas de acero en el rostro,


poseía un regimiento de fusiles


en cada uno de sus ojos y su falda


parecía una campana imperial,


el hielo era una fuerza menor


comparada con la carga polar


de cada uno de sus dedos añejos,


y tenía una epidermis tan suave


como un billete de gasto menor.


Su entrepierna debía oler a perfume de miles.



La anciana pero bella mujer,


era lectora aficionada decía,


y acababa de leerse unas


cartas de Bilitis de un tal


Don Pierre Louys , noviete


suyo de la infancia.


Tenía el desparpajo de una


estrella del bello paisaje nocturno,


deambulaban sus historias por sus


labios finos y tersos, carmín.


Veladura de calor eran su bandera.


Para un neófito como yo era


un lecho de virtudes.



Cuánto de griego se aprendía


con Pierre Louys


se decía la Cleopatra


y en su cuento


relataba lo delicado de su amante.



Ella decía que él estaba equivocado,


que pusiese el televisor y observase


quien era el loco, quien continente,


quien contenido. 


El arte Kitsch, es el


arte bruto, me decía,


y anillos de perlas blancas


reflejaban mi mirada.



Llenó las ganancias sonoras y


abrió la ventana, y llegaron


veinte niños con caramelos pegados.



Miraron a la anciana con sus ojos


de azúcar. Acto seguido despegaron.



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Como cohetes coloreados surcan el techo


las criaturas, parecen luciérnagas


motorizadas dejando un mensaje de energía;


es una pasión verles sonreír por esos espacios


de la habitación tan comúnmente deshabitados,


lanzan flores de papel perfumado con sus cabellos,


¡Bello Puti! ¡Sal de mi sueño!



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Carla Metanowsky soltó un grito hueco


que llenó de desiertos el imaginario,


los chicos tornaron a seres alados


y sus rostros de manzana enardecieron;


peinaron el momento con dulces sueños


de nuestras infancias, y nos pusimos a volar.



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Como el hambre hacía presencia


prendimos fuego a la hoguera,


comimos ángeles al fuego


y bailamos despacio con un


buen vino, saqué la espada


y puse el karaoke. No había


ronroneo preciso para detallar


ese estilo que rebosa pleitesía,


furia, avance y primor;


me habló de su sueño


y caí al suelo.




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Un despertar ámbar me acarició,


debían haber pasado años de descanso


porque me encontraba mejor que


si me hubiese bañado en café,


de un brinco caí encima de una semilla.



Me cobijaba en un melocotón.



El melocotón es el fruto de


la codicia de todo campestre,


celestes flores salen del culo


de la bella niña que recoge


señores y los amontona en


el granero, sus mejillas


son rosas como unas plumas de flamenco,


su mirada es intensa como la miel,


tiene unas cejas negras que ante lo


rubia que es, adivina otras partes


de su cuerpo; es venus del pueblo


junto a nube de paisaje, lleva


tersos ropajes que mueve con delicadeza.



Lleva señores al granero como


globos de fiesta, los usa como


combustible de su hogar,
melocotonero aerostático,

hace veinte minutos que


acaricia mis mejillas y


me siento igual que un


recién nacido del orgasmo.


Volamos por un mundo
en el que tirarse es caer en fruta,
grapamos las distancias y lo
que quedó fue una silueta.
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Ante dudas y respuestas,
ante resueltas y vueltas de seda,
una conclusión sentí muy clara,
Carla Metanowsky tiene confitura
en el coño.

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