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Antes de escribir en el libro bueno,
escribí en una hoja suelta esto que
voy a relatar sin añadidos.
Anduve por pompas de cristal
medio mundo, y encontré a una
anciana de facciones marcadas
y láminas de acero en el rostro,
poseía un regimiento de fusiles
en cada uno de sus ojos y su falda
parecía una campana imperial,
el hielo era una fuerza menor
comparada con la carga polar
de cada uno de sus dedos añejos,
y tenía una epidermis tan suave
como un billete de gasto menor.
Su entrepierna debía oler a perfume de miles.
La anciana pero bella mujer,
era lectora aficionada decía,
y acababa de leerse unas
cartas de Bilitis de un tal
Don Pierre Louys , noviete
suyo de la infancia.
Tenía el desparpajo de una
estrella del bello paisaje nocturno,
deambulaban sus historias por sus
labios finos y tersos, carmín.
Veladura de calor eran su bandera.
Para un neófito como yo era
un lecho de virtudes.
Cuánto de griego se aprendía
con Pierre Louys,
se decía la Cleopatra,
y en su cuento
relataba lo delicado de su amante.
Ella decía que él estaba equivocado,
que pusiese el televisor y observase
quien era el loco, quien continente,
quien contenido.
El arte Kitsch, es el
arte bruto, me decía,
y anillos de perlas blancas
reflejaban mi mirada.
Llenó las ganancias sonoras y
abrió la ventana, y llegaron
veinte niños con caramelos pegados.
Miraron a la anciana con sus ojos
de azúcar. Acto seguido despegaron.
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Como cohetes coloreados surcan el techo
las criaturas, parecen luciérnagas
motorizadas dejando un mensaje de energía;
es una pasión verles sonreír por esos espacios
de la habitación tan comúnmente deshabitados,
lanzan flores de papel perfumado con sus cabellos,
¡Bello Puti! ¡Sal de mi sueño!
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Carla Metanowsky soltó un grito hueco
que llenó de desiertos el imaginario,
los chicos tornaron a seres alados
y sus rostros de manzana enardecieron;
peinaron el momento con dulces sueños
de nuestras infancias, y nos pusimos a volar.
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Como el hambre hacía presencia
prendimos fuego a la hoguera,
comimos ángeles al fuego
y bailamos despacio con un
buen vino, saqué la espada
y puse el karaoke. No había
ronroneo preciso para detallar
ese estilo que rebosa pleitesía,
furia, avance y primor;
me habló de su sueño
y caí al suelo.
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Un despertar ámbar me acarició,
debían haber pasado años de descanso
porque me encontraba mejor que
si me hubiese bañado en café,
de un brinco caí encima de una semilla.
Me cobijaba en un melocotón.
El melocotón es el fruto de
la codicia de todo campestre,
celestes flores salen del culo
de la bella niña que recoge
señores y los amontona en
el granero, sus mejillas
son rosas como unas plumas de flamenco,
su mirada es intensa como la miel,
tiene unas cejas negras que ante lo
rubia que es, adivina otras partes
de su cuerpo; es venus del pueblo
junto a nube de paisaje, lleva
tersos ropajes que mueve con delicadeza.
Lleva señores al granero como
globos de fiesta, los usa como
combustible de su hogar,
melocotonero aerostático,
hace veinte minutos que
acaricia mis mejillas y
me siento igual que un
recién nacido del orgasmo.
Volamos por un mundo
en el que tirarse es caer en fruta,
grapamos las distancias y lo
que quedó fue una silueta.
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Ante dudas y respuestas,
ante resueltas y vueltas de seda,
una conclusión sentí muy clara,
Carla Metanowsky tiene confitura
en el coño.
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