4 sept 2009

La tapadera. [Le petite mort]

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Es la hora de la muerte,
es la hora de que muera tu manera de ejercitar tu rutina,
de darte vidilla,
¿es el polvete que más te calma el cementerio?

tu lápida es mi calma,

tu lápida me huele la entrepierna carnes calientes,
sí te digo, quiero entierro,
tentempié de mi desayuno erecto,
tengo el estandarte de un reclamo a un nuevo
sistema gemométrico lleno de deformaciones,

de canciones construidas a partir de ventosidades en el rostro de tu ser amado,

eres momia de axilas mojadas bailando
por sonidos de aclamados roqueros matando
a roquefelerescos discípulos del verdadero mal.

Vade retro al assamblage,
que claman los retrógados.




. A ver como giramos para un lado.




¿Por qué no precintamos los senderos al

mete y saca tradicional, al polvete

más relacionado al consumismo?

Lo menos efervescente que encontraste.

Acristala, enladrilla tu mercado corporal,

mutaste a materiales de baja calidad, cuidadín,

pronto vendrá un hortera del tecnocasa a sonreírte.


Quiero bajar.



Libera a tu sexo de la tela que lo oprime

y orina en el teclado de tus palabras,

pasa la lengua por tu dedo y tu dedo por tu trasero,

dibuja un círculo y ahonda en su pasaje,

pasa la lengua por tu dedo y tu dedo por el redondel,

y ahora por tu nariz, ¡oh! placeres del asno,

¡mentira! no conocí animal que más goce de

olfatear su propio culo que el propio ser humano,

pero puestos a ser homínidos desintegremos nuestro

sentido, pero puestos a ser marranos seamos prosopopeya,

despersonifiquemos nuestros orgasmos del raciocinio.

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